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El viaje en autobús que nos hicimos desde el lago Inle a Bagan lo recuerdo especialmente con odio. En el hotel del Lago nos dijeron que íbamos a ir en minibús, y no sé por qué, ilusa de mí, me imaginé una furgonetilla como las que se utilizan para hacer los transfers del aeropuerto al hotel y cosas así, con espacio suficiente, asientos de cuero y aire acondicionado. Sí sí, igualito.

Pues nada, a las 4 de la madrugada nos vino a recoger un taxista que nos llevaba a la estación de autobuses donde íbamos a coger el minibús. Nos hizo una parte del trayecto sin las luces encendidas y los coches en dirección contraria no nos veían venir, y nos dejó aparcados en la intersección de dos caminos de arena, que supuestamente era la parada de autobuses. Pues apareció el nuestro, maaaaaaaaaaaadre mía. Un autobús del año de la abuela, medio oxidado, con gente subida en el techo, los asientos de madera con una gomaespuma para no dejarte la rabadilla ahí clavada y los famosos taburetes de pin y pon que ya habíamos visto en otras ciudades y que estaban apilados en uno de los asientos. En cuanto íbamos avanzando se subía cada vez más gente, algunos iban al techo y otros se metían dentro del bus, nosotros mirábamos para atrás para ver si cabían y nos parecía que no, pero sí, porque ponían los taburetes de plástico en mitad del pasillo y se sacaban así una fila entera de asientos de la manga. Mejor veis la foto y así no os lo tenéis que imaginar:
Bueno, pues la abuelilla de azul que está a la derecha iba al principio sentada en un taburete, al lado de Jaime. Después de hacer una parada en un merendero de carretera, donde nosotros para variar no probamos bocado e íbamos medio desmayados del calor, todo el mundo volvió a sentarse en su sitio. Me dice Jaime: mira la abuela que tengo sentada aquí al lado, que la ha liado parda, se ha debido comer algo súper grasiento y ahora no sabe dónde limpiarse. Iba la señora con las manos de grasa hasta los codos, y sujetaba el bolso con las muñecas para no ensuciarlo, y nosotros jajaja jajaja. Bueno, pues empieza a mirar por el rabillo del ojo para ver si alguien se daba cuenta de su movimiento maestro y a pasar la mano disimuladamente por el barrote del asiento que Jaime tenía delante y con el que le rozaba todo el pantalón. Claro, no teníamos prácticamente hueco entre un asiento y otro y Jaimito se iba a llevar puesta toda la grasaza que la señora se estaba rebozando en el barrote. Jaime ya desesperado, chorreando en sudor y viendo en primera fila que la señora lo está poniendo todo perdidito de grasa de pollo, y que además se empieza a limpiar los dedos uno por uno en la gomaespuma del asiento, manchándole el culo a la chica de delante.

Total, que Jaime llegó a Bagan encharcado en sudor y rebozado en grasa, con un calor del infierno y sin haber comido. Yo llegué prácticamente igual pero un pelín más limpia, aunque últimamente no es que andemos por aquí con nuestras mejores galas. Ese día nos acostamos en el hotel a las 5 de la tarde a echarnos una siestecilla y no fuimos capaces de levantarnos hasta el día siguiente, el viaje de 15 horas del minibús había hecho mella.

De todas formas, en el trayecto nos encontramos con algunas escenas que merecieron la pena tanto sufrimiento. Muy temprano por la mañana, cuando llevábamos sólo unas pocas horas en el autobús, paramos en un pueblo donde justo pasaban los monjes en su caminata diaria a pedir comida a las casas. Van siempre con su bol colgado al hombro y marchan en fila india, y la gente les va dando arroz y algunos les dan también dinero. Les habíamos visto ya alguna vez por las ciudades, pero de dos en dos, o algunos andando solos, nunca nos había coincidido verles a todos juntos para pedir su comida. Iban andando todos en silencio, descalzos por la carretera, y en orden de edad supongo porque iba primero el más mayor y al final del todo iba el más enano. Por lo que hemos ido aprendiendo del país, aquí es obligatorio para todos los hombres entrar dos veces como mínimo en la vida monástica. Una vez deben entrar cuando son pequeños, entre los 5 y los 15 años, y la segunda vez deben incorporarse como monjes ya experimentados, cuando tienen más de 20 años. Van todos con la cabeza rapada por la tradición Budhista, que dice que Budha se iluminó cuando se fue a un monte solitario a pensar bajo un árbol y se cortó su melena.

Al día siguiente estabas más frescos que una lechuga y listos para pasar el día visitando los templos de la ciudad. Bagan es famosa por los más de 4.000 templos que se construyeron hace más de 800 años. La tradición de la construcción tan numerosa de pagodas y estupas comenzó con el reinado del rey Anawrahta, y lo siguieron sus posteriores dinastías. Llegó un momento, en el siglo XIII, que con tanta construcción de templos la ciudad cayó en la bancarrota . A día de hoy casi todos los templos están reconstruidos, porque en 1975 hubo un terremoto muy fuerte en la ciudad que dañó la mayoría de templos de la zona.



Nos hemos encontrado con algunas pagodas espectaculares, aunque la mayoría son pequeñitas y construidas en ladrillo, pero las vistas panorámicas de tanta pagoda junta en mitad del campo y rodeada de palmeras hace que Bagan sea una parada obligatoria para los que visitamos Myanmar. Además el trayecto lo hicimos todo el día con el coche de caballos, metiéndonos por caminos de arena donde estábamos totalmente solos y pasábamos horas y horas sin cruzarnos con ningún turista.


A las puertas de los templos casi siempre nos encontrábamos con un mini-mercadillo de puestos de artesanía que se echaban como locos a los turistas y nos intentaban vender unos paños pintados, muy típicos de la ciudad, que los hacían con polvo de piedra y algunos con papel de oro. Otros vendían unas campanillas que me quedé con las ganas de comprar, porque son las mismas que ponen en la parte de arriba de las estupas y pagodas, y cada vez que uno está cerca de un templo siempre escucha el tintineo de la campanas. De hecho en el Lago Inle teníamos nuestro hotel pegado a una estupa y por las noches nos despertábamos con el soniquete de las campanillas.

En uno de los templos que visitamos, nos encontramos con una señora que no sé cómo me acabó liando para que me echara en la cara el pringue amarillo que llevan ellos siempre puesto. Teníamos la curiosidad de saber qué era la cosa amarilla que se echaban en la cara y por fin lo descubrimos. En un plato de piedra echan un poco de agua y la frotan con un trozo de madera que echa un jugo amarillo. Luego se lo echan en la cara y los brazos y lo dejan secar, hasta que forma una costra que te mantiene fresco y hace que no sudes. Jaime se rajó, y al final se pasó el día asfixiado y yo fui tan fresca con mi pringue.


Nos montamos en nuestro coche de caballos y fuimos a visitar el siguiente templo. Nos encontramos con bastante turistas locales, pero ni un solo extranjero. Al llegar a este templo, nos acorraló una familia entera que pensó que en vez de sacar fotos a la pagoda dorada que tenía vistas al río, en realidad lo que más les gustaba del sitio éramos nosotros, y así nos convertimos en la atracción del lugar. Eran unos 8, y todos se querían sacar fotos con nosotros y con la pagoda detrás. Que si la madre conmigo, luego la madre y la hija, luego Jaime y yo con el hijo monje, luego yo sola otra vez con la madre, luego con la hija monja que era la más pequeñita de la casa, y el padre como un descosido haciéndonos fotos y gritándole a toda la familia ¡cnsubiodnc!!!!! ¡!nsudnwjcn cfswdcnwo9ed!!!!, y haciendo gestos como un loco a toda la family con la mano, y nosotros entendimos como el típico “ponte aquí, corre, tú, ponte allá, no, no, no, más a la derecha”, el hombre estaba estresadísimo con la oportunidad que se le acababa de aparecer. Eso sí, a nosotros ni un grito, nos señalaba amablemente dónde nos teníamos que poner, y luego ya le daba los gritos a quien fuera para que se colocara donde se tenía que colocar. Y a todo esto, con espectadores, porque todo el mundo que pasaba por allí se quedaba parado mirando la escena. Jaime me dice que me está naciendo aquí el síndrome de doña Letizia.

En una de las pagodas que visitamos, como siempre nos encontramos con un puestecillo de una chica del pueblo que vendía pinturas. Le dijimos que no íbamos a comprar nada, pero su marido se ofreció para acompañarnos a la parte de arriba del templo y a hacernos de guía improvisado. Estábamos los tres solos en la pagoda con vistas a las pagodas y a las palmeras y sacándonos fotos, cuando nos empezó a preguntar que si sabíamos la situación política de su país. El chico tendría unos 27 años y se le veía que tenía unas ganas horribles de desahogarse, además aprovechó que estábamos solos para hablar de política porque allí tienen prohibido hablar de estos temas con los extranjeros.

Nos contó que en Noviembre tienen pensado celebrar elecciones, pero que todo el mundo sabe quién va a ganar. Nos dijo que se sienten forzados a votar, y que el recuento de votos no se hace en las aulas donde se ha votado sino que se llevan las urnas y hacen el recuento en un camión, cuando ya se han ido del pueblo. Además se soborna a la gente como se puede, o subiéndoles el sueldo o amenazándoles, y resulta que la líder de la oposición lleva en arresto domiciliario desde el año 89. Se ha subido de una forma increíble los precios del gas y del petróleo, que además se exportan a otros países como China, pero resulta que no hay electricidad en muchos pueblos del país y que los parones de luz son frecuentes por falta de suministro. En los últimos 20 años el precio del arroz se ha multiplicado por 100 (antes una bolsa valía 80 céntimos de Kyat y ahora vale 1.000), pero los sueldos sólo se han multiplicado por 3. Por eso ahora todos los miembros de la familia se ven obligados a trabajar para que le llegue el dinero sólo para la comida, y por eso se ve a tanto niño trabajando desde pequeño, porque no les queda más opción. Todo el mundo sabe que tienen un dirigente que no se preocupa por su gente, y que mantiene al país en unas condiciones de vida que no sólo las sufre la gente corriente. Nos contaba todo esto con una mezcla de rabia y frustración que nos llegó al alma a los pies. Seguiremos muy de cerca las “prometidas” elecciones.

Para rematar el día, nuestro conductor nos llevó a una pagoda de ladrillo no muy grande y en la que estuvimos prácticamente solos disfrutando de una puesta de sol maravillosa, con las pagodas entre las palmeras y las montañas de fondo.

Hasta aquí han durado nuestros días en Myanmar, yo me voy con una pena horrible porque me ha encantado el país y sobre todo su gente, que no tienen mucho pero nos han regalado 100 millones de sonrisas.

Un beso muy fuerte!!!!!

Dedicado al abuelo José, te echaremos de menos.

Publicado por Jaime y Pau viernes, 30 de abril de 2010 8 comentarios

Estábamos en Yangon y veíamos que con el Water Festival el país se iba a paralizar una semana entera, así que nos pusimos las pilas y nos buscamos un bus para ir a Mandalay. Aquí el año nuevo tradicionalmente lo celebraban saliendo a la calle con un cuenquito de agua y una hoja de palmera y se echaban gotitas de agua para celebrar el nuevo año. La cosa ha ido desvariando hasta que se ha convertido en el Water Festival, donde todo el mundo se pone a la puerta de sus casas con sus pistolas de agua o directamente con la manguera, y le enchufan a todo el que pase. En Mandalay parecía que la cosa era exagerada, así que no nos lo quisimos perder. Por cierto, se celebraba el año 2.554.

Total, que en Yangon nos llevó el taxi a lo que se supone que era la estación de autobuses, que no era más que una calle repleta de puestos de comida y autobuses en doble y tercera fila en los dos sentidos. Llegamos con casi dos horas de antelación muy seguros de que íbamos a coger nuestro autobús, pero no, la cosa no es tan fácil, no basta con tener un billete de bus y estar en la estación dos horas antes. Allí poca gente habla inglés y nadie sabía decirnos cuál de los 30 autobuses que colapsaban la calle era el nuestro y, para colmo, la única forma de identificar nuestro bus era con su número de serie que por supuesto estaba escrito en birmano. Los únicos números que nos sabemos aquí son el 1 (por los billetes de 1.000 kyats) y el dos (que es como una “j”, y nos acordábamos por el reloj del restaurante donde solemos cenar. Asi que nada, calle pa´rriba calle pa´bajo buscando un bus con una especie de j, que por supuesto no encontramos. Ya desesperados pensando que nos teníamos que volver al hotel y que nos íbamos a quedar incomunicados 5 días más en Yangon, le preguntamos como último recurso a un chico que parecía que organizaba los asientos en los buses, y después de dejarnos tirados media hora, volvió y nos dijo que nos subiéramos en el cutre-bus en unos asientos que no eran los nuestros, y sin el aire acondicionado que nos habían prometido en la agencia. Nos acordamos de toda su familia pensando que el tío se había equivocado, pero luego nos dimos cuenta de que en realidad el pobre hombre nos hizo un favor porque nuestro súper bus se había ido ya y nos buscó un hueco donde buenamente pudo.

Es uno de los peores viajes que hemos hecho jamás, aunque decimos eso cada vez que viajamos en Myanmar. Para caber en el asiento había que ir totalmente recto con la espalda pegada al respaldo, y hacía un calor del infierno, por no mencionar el karaoke que se plantaron a toda pastilla hasta las tantas de la noche y el millón de veces que el conductor tocó el claxon. Aquí lo de los carriles da un poco igual, pueden ir los coches y los carros de caballos en paralelo que da lo mismo, las carreteras están asfaltadas a tramos y los arcenes son terraplenes de arena, y cada vez que se quiere adelantar a alguien se toca el claxon para que se quite, sin dejar de pisar el acelerador. Hicimos paradita a la una de la mañana en un merendero para cenar y yo me comía las uñas, así que Jaime se pidió una cerveza y yo me lancé a probar el pollo al curry con arroz, que me habían prometido que no picaba. Esta es la prueba de que sí, picaba que se me saltaban las lágrimas, pero del hambre que tenía me lo comí.

El bus paró unas cuatro veces para arreglar algo que se había estropeado y que preferimos no preguntar qué era, pero lo mejor vino a media mañana con todo el calor pegando por las ventanas y con 12 horitas de viaje a nuestras espaldas. Acabábamos de parar en un pueblo y ya estábamos saliendo por la calle principal, rodeados de gente tirándonos agua por las ventanas y motos a toda pastilla pasándonos por los lados, hasta que de repente nuestro bus se puso a pitar como un loco y notamos perfectamente cómo habíamos pasado por encima de una moto, el conductor dio un volantazo y el bus se salió de la carretera y se empezó a meter entre los árboles de al lado de la carretera, y todos gritando, como de película. Al final no resultó nada grave, volvimos al arcén y paramos para ver que el motorista estaba bien aunque el pobre se había quedado sin moto. Nos empezamos a bajar del bus porque hacía un calor horrible, y de repente todos se pusieron a medio gritar en birmano y a subir como locos al bus, y Jaime va y me dice: Paula, creo que nos estamos dando a la fuga. Pues nada, como para protestar, subimos corriendo al bus con la gente que nos medio empujaba y nos pusimos en marcha, pero como toda la gente del pueblo nos echaba miradas de odio creo que le entraron remordimientos al conductor y volvimos a parar para arreglar los papeles.

Pues con esas llegamos por fin sanos y salvos a Mandalay, y besamos el suelo al llegar. Descansamos el resto del día y hablamos con un chico de allí para organizarnos una excursión al día siguiente para visitar la zona. Ha sido una de las mejores excursiones que hemos hecho, ya no solo por los paisajes que fueron impresionantes, sino por lo simpática que es la gente allí y lo bien que nos trataron. Íbamos en la parte de atrás de un coche que iba abierta, y por todas las calles que pasamos de camino a los pueblos que íbamos a visitar estaba todo el mundo con cubos de agua, o sino con pistolas de agua y el más profesional ya iba con manguera, enchufando agua a diestro y siniestro y cuando terminaban de empaparnos nos echaban una sonrisa de oreja a oreja y nos saludaban como locos. Nos lo pasamos genial, y nos saludaba todo el mundo, Jaime dice que tengo ya el síndrome de la princesa Letizia.

El primer sitio que visitamos fue Sagaing Hill, que es una colina con más de 500 estupas y monasterios, y donde los monjes budistas del país se retiran a meditar. Para llegar a lo alto de la colina hay que subir por una escalinata de piedra rodeada de árboles que en esa época están floreciendo, y justo a la entrada nos encontramos con unos monjes que estaban súper equipados con garrafas de agua. Nos pusieron tibios pero nos regalaron uno de los mejores momentos del día, porque la cara de felicidad que tenían al empaparnos no tenía precio; eso sí, les hicimos frente con nuestras dos míseras botellitas de agua. Nos fuimos encontrando con más ataques acuáticos por el camino hasta que por fin llegamos a la cumbre donde está la pagoda principal, que es enorme y tienen unas vistas impresionantes del río y de las estupas doradas que salpican la colina.

Allí repusimos nuestras botellitas en una fuente y las guardamos pacientemente hasta volver a llegar al puesto de los monjes, que les intentamos dar la revancha pero nos ganaban en número y en cubos de agua. Totalmente encharcados, como si nos hubiéramos metido en la ducha con la ropa puesta, nos fuimos hasta Inwa, que es un pueblecito muy pequeño al que se llega cruzando el río. Allí nos alquilamos un coche de caballos y nos dieron un tour por los alrededores, con un paisaje repleto de palmeras y con un montón de pagodas abandonadas. Uno de los sitios más bonitos fue el monasterio Bagaya Kyaung, que es un monasterio de teca que se sostiene por más de 200 postes gigantes, y que parece que está escondido en mitad de la selva.

Para terminar, nuestro conductor nos llevó al Ok Kyaung, otro monasterio de ladrillo con los suelos de estuco, que es inmenso. ¿Se me ve?



Nos cogimos otra vez el bote para reencontrarnos con nuestro guía, que nos llevó a Amarapura para terminar el día. Nos pusimos las botas en el bar del pueblo y nos recorrimos el U Bein´s Bridge, que es el puente de teca más grande del mundo. Mide más de 1 km, y los 20 minutos que tardamos en recorrerlo saludamos a más gente que en toda nuestra vida.

Todo el mundo estaba de fiesta allí, y el puente estaba plagado, pues cada persona que se cruzaba con nosotros nos decía hello con una sonrisa que les llenaba toda la cara. Yo, entre el agua y tanto saludar acabé medio afónica, pero este día ha sido uno de los mejores de todo el viaje.

La gente de este país no tiene muchos recursos y son los que más sonríen con diferencia, y aunque nos ha parecido que no están muy acostumbrados al turista nos hemos sentido muy acogidos. Eso sí, el hecho de que no haya muchos turistas en la ciudad les vuelve bastante curiosos, y aquí lo de mirar fijamente a alguien no es de mala educación, así que ya nos ha pasado que nos hemos pasado más de una cena con un tío totalmente dado la vuelta (cuando se supone que nos debería estar dando la espalda) mirándonos sin parar la hora entera que nos pasamos en el bar, y llamando a todos sus amigos para que vinieran a vernos.

Bueno, pues espero no haberos aburrido con este rollo que me he soltado aquí, pero es que me pongo a hablar de Myanmar y no paro, me ha encantado el país y sobre todo lo cercana que ha sido la gente, que en otros países no hemos tenido la oportunidad de mezclarnos tanto.

Un besote para todos!!!!!!!!!

Publicado por Jaime y Pau 3 comentarios

No hicimos bien los deberes cuando fuimos para Myanmar, tierra dorada, que es como aparece en los carteles publicitarios de todo el país y debe ser por la cantidad de pagodas y estupas doradas que hay en estas tierras. Nada más aterrizar en el aeropuerto, y con 200 bahts en el bolsillo (unos 4 euros) nos pusimos a buscar un cajero, y…. sorpresón: no hay cajeros en Yangon, de hecho no hay ni un solo cajero en todo Myanmar, increíble pero cierto. En la Lonely, que abrimos como locos en cuanto nos empezamos a dar cuenta de la situación, dice textualmente: si quieres un cajero en Myanmar lo tienes que hacer es montarte en un avión e irte a Bangkok. Joooooooooooder, vaya embolado, y ahora qué? Si no tenemos dinero ni para el taxi….. pues nada, a ver si nos aceptan los bahts que por suerte nos sobraron en Thailandia y si no, tiramos de los dólares de emergencia.

Haciendo unos apañuscos conseguimos pagar al taxista en bahts, y de camino nos intentó vender su business, que era contratarle a él y su coche por 15 días para recorrer el país por unos 300 dólares cada uno. Nosotros, que somos unos mochileros ya curtiditos, preferimos coger el transporte local, pero yo me acordé de este señor las 4 veces que tuvimos que coger los autobuses en Myanmar porque fueron de traca.


Nos alojamos en un hotel al ladito de la Sule Pagoda, que es un barrio bastante conocido en Yangon, pero sin un kyat en el bolsillo. Por cierto, aquí el cambio es: 1 dólar, 1000 kyats, pero como no hay bancos ni tiendas oficiales de cambio ni nada que se le parezca, para cambiar los dólares hay que hablar con la gente de la calle, aunque no hace falta buscarlos porque con la pinta de turistas que tenemos allí a cada dos pasos te están ofreciendo o cambio de dinero o un taxi o comida de los puestos. Total, que resulta que el único sitio donde a lo mejor puede que te den dólares es un hotel de 5 estrellas a las afueras, donde te pasan la tarjeta y te la dejan temblando a cambio de darte kyats y cobrarte una comisión del 8%. Después de pagar el taxi del aeropuerto al hotel nos habíamos quedado sin Bahts, y conseguimos que el chico de la recepción nos aceptara cambiar los dólares de emergencia por los kyats, para así coger un taxi al hotel de lujo, un caos. Le damos los dólares al chico y los empieza a mirar de arriba abajo y nos dice que el billete que le hemos dado no vale porque en la cara del señor del billete hay una arruga, cómooooorl??????? Y el tío todo serio, mira es que no te puedo aceptar este billete porque tiene una arruga, y aquí los billetes de dólar que no están perfectos pues no valen ni para sonarse los mocos, así que dame otro billete. Y nosotros pensando: pero si es dinero, qué más le dará si tiene una arruga o no. Bueno, después de mucho discutir con que si te doy este billete, que si este no me vale dame otro dólar, pues el tío nos da unos kyats…. que es que se estaban desintegrando de lo viejos que estaban. Y ha sido así todo el viaje, después de un mes en Myanmar llevamos con el mismo billete de 20 dólares en la cartera que no hemos sido capaces de endosar a nadie, así que ese dinero no vale. Eso sí, nosotros estamos haciendo lo mismo, cada vez que hacemos trapicheos de cambio de dinero y nos dan dólares, miramos el billete de arriba abajo, y deberíais vernos cuando le decimos al tío que no le aceptamos el dinero porque tienen una dobles o el billete está pintado en una esquinita, de coña, pero es que si no en vez de 20 dólares inservibles llevaríamos 100.


Y claro, pensando, ¿esta gente dónde guarda los billetes si no hay bancos ni cajeros y nadie tiene una tarjeta de crédito salvo los turistas???? ¿Debajo del colchón? Me los imagino por las noches revisando sus billetes totalmente satisfechos pensando que tienen los dólares más perfectos de todo el barrio.



Aquí los precios son más o menos parecidos a Thailandia, pero la calidad no es igual, el país es bastante más pobre y la gente vive en peores condiciones, con diferencia. Algunas calles están asfaltadas, pero en algunas da la sensación de que hicieron obras y dejaron la calle levantada, y entre los escombros y el polvo y la suciedad que hay en la ciudad, uno empieza a notar cómo vive la gente aquí. Hemos pasado por algunas calles donde había señoras vendiendo en canastillos de paja alimentos de todo tipo, verduras, cabezas de pollo, filetes de pescado,…. a todo esto entre los cascotes de la calle, con las moscas alrededor y a plena solana cuando había 40 grados. También hay mucho puesto en la calle con teléfonos, pero no móviles, sino un teléfono fijo normal desde donde poder llamar a otra ciudad del país, porque la verdad que aquí pocas familias se pueden permitir el tener un teléfono en casa por muy increíble que parezca. Como ejemplo para que veáis cómo sobrevive aquí la gente: tenemos a la puerta del hotel una señora que viene todos los días con sus tres hijos pequeños a vender comida para pájaros, y una jaula con 5 o 6 gorriones, que los vende para que la gente los suelte porque aquí debe ser una tradición religiosa (si ayudas a alguien, animal o persona, estás a un paso más cerca de alcanzar el nirvana), y así se gana la vida ella y su familia. Y ya para nota, aquí no hay electricidad 24 horas al día, que esto sí que nos pareció increíble y es algo que nunca habíamos vivido. Yo cuento con que cuando llego a casa al darle al interruptor siempre se va a encender la luz, y no se me había ocurrido pensar que no todo el mundo tiene acceso a algo que para mí es tan natural tener, y mucho menos que yo viviría algo así. En todo el país hay cortes de electricidad bastante frecuentes y la mayoría de hoteles y tiendas tienen un generador a la puerta como segunda fuente de energía, pero es normal estar 3 o 4 horas seguidas sin luz.

Aquí para comer las hemos pasado un poco canutas. Es difícil encontrar un restaurante tal cual, lo que hay es mucho puesto callejero de comida, con una olla gigante llena de aceite de fritanga y mucho pollo frito y verduras con arroz. Lo que nos llamó la atención es que alrededor de cada puesto ponen unas mesitas con sus sillas correspondientes pero tamaño mini, como si se fuera a sentar allí un niño de dos años, y están allí todos comiendo con las rodillas por encima de los hombros, como si estuvieran de cuclillas. Nosotros nos hemos abonado al restaurante que hay al lado de nuestro hotel, que por menos de 5 dólares comemos los dos, con bebidas incluidas.


Otra cosa que nos ha chocado, sobre todo a mí porque Jaime lo tiene más fácil: los baños. En algunos sitios tienen el baño occidental, pero en la mayoría de restaurantes y sobre todo en las estaciones de autobús y paraditas en mitad de la carretera, los baños son 4 paredes de bambú y dos agujeros, sin papel higiénico. Un agujero es para apuntar, jejeje, y el otro es una especie de estanque con agua y un cazo, para que cuando termines eches agua con el cazo al agujero de las necesidades y lo limpies. Todo un show.


Nos ha costado adaptarnos al ritmo de vida que hay aquí, con sus carencias incluidas, pero sólo por la gente que nos estamos encontrando aquí merece la pena la visita y las incomodidades que tengamos que aguantar. Nos da la sensación de que tienen unas condiciones de vida muy básicas y que el país lleva 100 años de retraso con respecto al resto del mundo, aunque suponemos que esas no son las mismas condiciones en que viven los que llevan gobernando tanto tiempo el país.

Os seguiremos informando desde el frente,

Muchos besos a todos,

Paula y Jaime

Publicado por Jaime y Pau 1 comentarios